lunes, 26 de marzo de 2012

La historia de un beso, o como vivir antes de morir


Ella como siempre llevaba esos vaqueros rotos, enseñando parte de su trasero sin ningún pudor, le encantaban, si tuviera que elegir una prenda favorita, sin duda serían ellos. Estaba bailando, y joder como bailaba, parecía increíble que alguien tan extremadamente delicado pudiera mover las caderas con tanta fuerza al ritmo de princess of china, se movía sensual, insinuante, coqueta y muy femenina. Tenía una Coronita en la mano derecha con un limón a la que de vez en cuando le daba pequeños sorbos como si solo pretendiera mojar los labios de suave cebada para que el afortunado de esa noche la pudiera saborear.

Bailaba encima de la mesa grande de madera que hay en un rincón, todos mirábamos embobados. Esa noche más de uno, entre los que me incluyo, le hubiésemos pedido matrimonio sin dudar si hubiéramos tenido la más mínima de las oportunidades. Pero ella no bailaba para los que babeábamos sin cesar, yo lo sabía y ella también. Se movía intentado captar la atención del único hombre en la sala que no la miraba.

Él estaba de espaldas a ella, sentado en la barra, con cara de aburrido y bebiendo zumo de limón. Sabía lo que estaba pasando, sabía a qué venía ese jaleo, pero a él le daba igual. No le gustaba el lugar, y por descontado, odiaba esa música. Él siempre fue más de los chunguitos, aunque le costaba reconocerlo. Mientras, pasaba sus largos dedos uno a uno por el filo del vaso de cristal, y con la mano derecha, llevaba el ritmo de una canción que tenía en la cabeza. Era como si no estuviera allí. Solo estaba esperando.

Acabó la canción y con ella sus movimientos. Con total tranquilidad, se bajó de la mesa y sin mirar a nadie se dirigió con total decisión y sutil picardía a la barra. El puñado de desconocidos esperaba un beso apasionado, que la volviese a invitar a una copa y subiese a la mesa de nuevo, la música lo pedía a gritos, pero todos se equivocaron.

Ella simplemente le susurró algo al oído, él sonrió, la cogió de la cintura y se fueron por donde habían venido, la noche suspiró, la intriga quedó en el aire.

La música seguía sonando, pero ellos ya estaban muy lejos.


sábado, 24 de marzo de 2012

En realidad, era un vestido morado

Pagué al conductor, recogí el ticket y me adentré. 

Allí estaba, 1'64 aproximadamente, pequitas sobre la parte superior de los pómulos y sobre una nariz un pelín curvada, no aguileña, curvada. Tenía una sonrisa que te llamaba, te indicaba que fueras a su lado, le cogieras la mano y le revolvieras el pelo en un frenesí de película porno.

No soy de esas personas que cada vez que se suben al autobús de ruta de la ciudad se enamoran, esta vez era diferente. Me situé a su lado, de pie, con una mano en la barandilla y otra sujetando la maleta, al igual que ella. Sus medias color verde, un verde oscuro que no sabría interpretar, iban a juego con su rebeca, éstas estaban cubiertas por una falda fina primaveral, la cual se balanceaba al son del viento cada vez que entraba una ráfaga por la ventana entreabierta. Como agradezco esa ventana entreabierta que me hacia soñar con su ligereza, con la suavidad de sus muslos y con la humedad de su entrepierna. Ella allí seguía, sonriendo e ignorando mis pensamientos.

La chica de ensueño se colocó la coleta desarreglada con algún que otro enredo a la vez que giraba el cuello buscando comodidad en aquel movimiento. En ese instante el aire hizo de las suyas y me advirtió de su olor, quizás el corazón fue incapaz de digerir tal situación y por eso no logro avanzar, no consiguió seguir su propio ritmo, hizo que la respiración se fracmentara y no llegara a su fin.

No perdí el conocimiento así como así, no quiero creer que fue culpa del frenazo del conductor y de mi patosa estabilidad. No quiero pensar que mi equilibrio me abochornó.

Me falló el cuerpo por su culpa, fue ella la que me hizo caer, fueron sus ojos claros color aceituna, el tirante de su sujetador beige arena que simulaba la textura de su bolso y sus vellos erizados por el frío. Si, estoy completamente seguro, fue ella, su maldita culpa. De ella fue la culpa de que me encuentre aquí, tirado en el suelo de la parada, con la maleta destrozada y mi cartera vacía. Joder, juro y perjuro, que la próxima vez que la vea le haré pagar todo lo ocurrido. Si si, no se lo perdonaré.

Juro que le juntaré todo el cuerpo en saliva y la haré sudar por todos los poros de su piel hasta que las sabanas mantengan su olor para que así pueda dormir sin el temor a perder esa fragancia.

Alejandro Rodríguez Sánchez